RELATO- LA PARCA Y LA LUNA


Hoy toca rescatar otro relato corto, éste lo hice para una tontería de Eristoff y cuando lo escribí no había probado ni una gota del cristalino líquido, posteriormente, a pesar del resultado, tampoco; ni siquiera con naranja recordando las fiestas en Minas o Farmacia. Sigo escribiendo para mi autocomplacencia porque este Blog tiene menos vida que los ojos de Espinete. No obstante, si se mantiene en los mundos cibernéticos de los interneses, a lo mejor alguien acaba leyéndolo. Si eres tú el primero bienvenido… que te sea leve

LA PARCA Y LA LUNA

Era una noche fría, gélida y seca. La luna, en lo alto, nívea, radiante y absolutamente redonda iluminaba las desiertas calles de una ciudad perdida en su propio abandono. Yo aún me sentía algo mareado, el día había sido complejo, las decisiones tomadas en el trabajo habían suscitado diversas confrontaciones, pero no era sólo eso. Hasta ese momento mi situación laboral no había sido tan importante como para marcar mi vida, sólo era trabajo y eso me permitía tomar las decisiones adecuadas sin preocuparme por sus consecuencias. Era algo distinto, en mi soledad tenía la impresión de que alguien me miraba, alguien me acompañaba, alguien me seguía. Era una sensación ambigua, por otro lado me parecía que me faltaba algo, tenía un vestigio de pérdida que no era capaz de concretar. No conseguía levantar la vista de mis zapatos, supongo que buscando el camino que me llevase a la calidez y seguridad de mi hogar. Mi angustia no mermaba, al contrario se hacía más intensa, de repente me di cuenta, mi sombra. Bueno, realmente la ausencia de mi sombra. Todo alrededor tenía su sombra, la luna estaba alta, llena, irradiaba una luz blanquecina como una gran bombilla incandescente. Las farolas, los bancos, los árboles que dejaba de lado, todo, absolutamente todo, mantenía a sus pies una sombra que se deslizaba oscura sobre el pavimento. Mi angustia aumentó al mismo ritmo que aumentaban mis latidos siguiendo el ritmo de mis pasos con una carencia cada vez mayor. No sé si era por la velocidad que adquirían mis pisadas, por los latidos del corazón o simplemente por la ansiedad que se había afincado en mi alma pero las gotas perladas de sudor comenzaron a hacer carreras sobre mi rostro desencajado. Sólo quedaba doblar una esquina para que apareciese el portal de mi morada. Allí estaba en la puerta, en una posición semifetal, yaciendo sin referente, mi sombra. Las palpitaciones de mi corazón eran tan rápidas que no había intervalo entre ellas siendo más un zumbido que un golpeteo constante y síncrono. El sonido se repetía en mi cerebro intentando salir de él haciéndole explotar. Mi cuerpo estresado llegaba exhausto hasta donde mi sombra me esperaba, creía que me iba a ser imposible reunirme con ella, pero un último empujón me ayudó. La presencia impalpable que había sentido durante todo el día hizo su trabajo, la parca que me acompañó esperando el desenlace final me ayudo. Acostado al lado de mi sombra un dolor de muerte hizo que me contrajese buscando una posición fetal que nunca llegué a encontrar, el corazón mudo y ya indolente dejó de trabajar. La luna, testigo muda y cómplice de lo acontecido, hermanó, por fin, sombra y cuerpo exánime. Más tarde repartirían el botín, cada una dueña de su área, sombra para la luna e inerte cuerpo para la muerte.

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Publicado el 2 diciembre 2009 en Tonterías y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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