UN RELATO – LO COTIDIANO


Hace un par de días instalé Windows 7, no, hoy no voy a tratar sobre ese tema, quizá en otra entrada del Blog sí lo haga. Al instalarlo estuve limpiando mis discos y me encontré una serie de tentativas de relatos y poesías bastante mediocres, ejercicios de autocomplacencia literaria que evidentemente abandone por su baja calidad. La cuestión es que ya están escritas, unas porque me apetecía, otras para ganar unos eurillos en algún concursito literario, en el que, evidentemente, participé por mi falta de vergüenza pero sin tener ninguna opción. Como en mi PC al final acabarán perdiéndose en algún formateo, o fallo generalizado del sistema, voy a dejarlas por acá poco a poco. Supongo que hacer un Blog es ser un poco autocomplaciente y vanidoso, así que sin negarlo inicio la serie con este pequeño relato.

LO COTIDIANO

Día tras día su vida monótona y sencilla pasaba sin dejar huella. Su existencia era tan cómoda como rutinaria. Se levantaba antes de que el estruendoso sonido del despertador pudiera sobresaltarlo de algún placido sueño. Su desayuno era frugal y repetitivo, una tostada de pan integral con aceite de oliva virgen, aderezada con un poco de sal. Le gustaba el chisporreteo al dejar caer el oro líquido sobre la aún caliente rebanada. Galletas, tres, y una buena taza de café cargado con leche semidesnatada. Ducha tonificante que le permitiera empezar a encontrar la movilidad perdida en las noches abandonadas en la compañía de los Oniros. Su vestimenta gris, sobria y pulcra. La calle era siempre caminada a partir de las 08:00 en dirección al trabajo, periódico a las 08:10 en el quiosco de la esquina, saludos casi guturales pero amables. Día sí y día también el encuentro con un vecino, ya vencida la atrofia gutural mañanera, le permitía intercambiar unas frases cortas, cordiales, corteses. El tiempo solía ser su tema principal de conversación. Ese encuentro afable y, como casi todo en su vida, anodino e inocuo representaba su más íntimo contacto con alguien de su misma especie diariamente.  La jornada laboral transcurría pausadamente, sin estridencias. Su trabajo, también monótono, era tan irrelevante que aunque no lo hubiera realizado tampoco hubiera pasado nada. No mantenía contacto con compañero o compañera. Nadie sabía de su existencia, e incluso él mismo, si tuviera consciencia de ello, también se autoignoraría. Podría desaparecer de la faz de la tierra y nadie en el mundo echaría en falta su presencia. Al mediodía, siempre a las 14:00, cruzaba la calle para entrar en un pequeño bar restaurante, comía solo, en una mesa aislada, casi escondida. Plato del día, ya ni siquiera el camarero le preguntaba que deseaba. Al salir del trabajo desandaba lo caminado por la mañana y tras una cena realmente sobria esperaba impaciente el momento de irse a dormir, instante en el que los dígitos de su reloj despertador siempre indicaban las 22:00.

Aquella mañana nubosa, cubierta por unas nubes que amenazaban descargar perlas acuosas hasta convertirse en cortinas cristalinas,  algo cambió, todo se había repetido con absurda pero esperada redundancia, hasta que ocurrió el desastre. Tras comprar el periódico y el acostumbrado afónico “buenos días”, echo en falta el encuentro con su vecino. Giró la cabeza a uno y otro lado, miró y revisó la posición de las manecillas del reloj en su pálida y frágil muñeca. Volvió a mirar en torno suyo, un poco incómodo porque empezaba a estar fuera de hora. Deshizo las pisadas, esperando que al rehacerlas su vecino apareciese como todos y cada uno de los días que había ido a trabajar en el empleo que ejercía desde que los hombres y mujeres pasaron a ser trabajadores y trabajadoras. No hubo señales del vecino, no hubo conversación banal. Sus pies querían moverse, acostumbrados a un ejercicio periódico, pero su cerebro les impedía hacerlo, eso no era lo previsto. Sus pupilas, dilatadas por la excitación, no podían realizar su función con normalidad, su vecino no aparecía y las calles, las personas, coches y demás enseres mobiliarios empezaron a esfumarse. Las piernas ávidas de ese camino conocido y ahora encorsetadas por una acción del cerebro que no entendían empezaron a flaquear, a temblar. Los sudores salían de los poros abiertos en busca de un aire que no era capaz de llenar unos pulmones pétricos por el pánico. Quizá el mismo retumbar del corazón impidió que él mismo escuchase la caída. Quizá los sudores se entremezclaron con la sangre en su caminar por el asfalto, aún frío de la mañana. Todavía, casi en un rumor lejano pudo escuchar las pisadas inciertas, aturdidas, de ese vecino que, ante la perspectiva de lluvia persistente, llegaba, atorado, sin resuello, con un paraguas protector en la mano. Ese objeto que olvidó y  por el que había tenido que volver a su casa y cambiar su horario habitual.

Después de releer el relato, no recuerdo por qué lo escribí, supongo que estas cosas surgen solas. Quizá no sea un buen relato pero ahora se me ocurre una pregunta: ¿Qué es vida? Continuidad o realmente lo que nos hace VIDA es lo impredecible. Un árbol espera cada estación durante toda su existencia, ¿pero eso le hace ser distinto de los otros? O lo que le hace único, distinguible y exclusivo son los acontecimientos singulares que le forman, vientos, rayos, aguas….  Quizá escribir es pensar y pensar es preguntarse cosas. Hay queda la cuestión

Creo que dejaré estas cuestiones complicadas aparcadas y en la próxima entrada volveré a temas “sencillos”, retomaré las ”tonterías” de la ciencia y por ejemplo a la búsqueda del Bosón de Higgs. Ya dije que escribiría sobre lo que me apeteciese en cada momento.

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Publicado el 23 noviembre 2009 en Tonterías y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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